Mi regreso a Kiribati

¡Y de pronto pasaron 32 años! El tiempo, ese caballo desbocado que surca los pliegues de nuestra alma, dejándola hecha jirones a veces, y llena de una insultante alegría otras, que nos rebosa por todos los poros para seguir alimentando sueños.

Muchos ya sabéis que hace muchos años vivía en unas remotas islas en medio del Pacífico, en un país llamado Kiribati, (se lee kiribass), donde conviví y conocí a la gente más maravillosa y genuina de todo este planeta. Durante varios años, pude sentir todo el cariño y la humanidad hacía el prójimo que un ser humano es capaz de regalar, aún sin conocerte. De entre todos ellos, hubo una familia a la que amé y amo como la mía propia, quienes me hicieron sentir como una más en su pequeña comunidad. Esa familia era la formada por Tomati K. Tarau, y su esposa Ketie, así como Tebungari, hermana de él y cuñada de ella, a la que consideré mi hermana desde el primer día que la conocí, fallecida en la primera navidad que pasé allí, a la temprana edad de 26 años, y a quién nunca olvidaré.

Tomati y Ketie tenían cuatro hijos maravillosos, Tekibwa, Tekakia, Tabeta y Teeti, el más pequeño; tres chicos y una chica, mis ahijados/sobrinos, de quiénes iba sabiendo cuando dejé mis queridas islas a través de largas cartas que recibía de sus padres, así hasta el año 1991, cuando de repente, dejé de recibirlas. A pesar de eso, yo continué escribiéndoles, especialmente en navidades y fiestas especiales, y seguía sin saber nada de ellos, aunque me imaginaba qué dada la lejanía del país, quizás era muy difícil para ellos porque se habían mudado de isla, o cualquier cosa.

No había posibilidad de un teléfono, ni contacto por las redes, ¡ni existían! y mucho menos allí, así que el tiempo siguió su paso inexorable, hasta que llegó el “feisbú”, nuestro querido Facebook.

Fue a través de mi “caralibro” que conseguí contactar con alguien que conocía a la familia, y así, hasta que pude encontrar a mis niños, ¡que ya no eran tan niños! Tabeta, la niña, ya era una mujer, y vivía en Nueva Zelanda, lo mismo que su hermano Tekibwa. Teeti, el más pequeño, había desaparecido pescando en una canoa en 2012, y Tekakia, que era el único de los hermanos que seguía viviendo en Tarawa, convertido también en un padre de familia y con tres hijos, y el único que había elegido la carrera de marino mercante, que le permitía viajar de vez en cuando fuera del país.

Sus padres, mis queridos amigos, Tomati y Ketie, habían fallecido, ella a finales de 1991, de repente, y su padre, Tomati, en 1992, probablemente por haberla perdido a ella. Esa era la razón por la cual yo no había recibido más cartas, fallecieron cuatro años después de que yo les dejara, jóvenes y sanos, en mi isla de Tarawa, yo nunca pensé en esa posibilidad. Los niños dejaron la casa familiar y se repartieron, por eso nunca más supe de ellos.

Empecé a chatear con ellos de vez en cuando, especialmente con Tekakia, quién me prometió que buscaría un barco que le permitiera llegar lo más cerca posible a Málaga para venir a visitarme. Casi tres años después lo consiguió, el pasado verano llegó a Algeciras la primera vez, y aunque no conseguimos que le dejaran salir del puerto, si nos pudimos ver en la entrada, en un emocionante encuentro de un par de horas, donde me puso al día de todo lo sucedido con la familia después de mi marcha. Luego, más tarde, en otra visita del barco, tuve la oportunidad, junto con mi familia, de subir a bordo, y conocer su lugar de trabajo, un enorme carguero que le lleva por todo el mundo, navegando durante un año lejos de los suyos, para luego regresar y disfrutar junto a su familia de su tranquila vida en las islas. Se volvió a marchar, hasta el pasado viernes, donde consiguió que la compañía le permitiera coger su vuelo de regreso desde Málaga, y durante unos días, muy pocos, ha estado con nosotros en la casa, y hemos visitado desde la capital malagueña, hasta el mirador de Algeciras. No hubo tiempo para más. En un próximo encuentro iremos a Barbate, el lugar con el que su padre soñó con visitar un día, para ver la almadraba y conocer la mojama, y los bonitos curados, que un día le enseñé en las islas como hacerlo.

Salió en avión el martes a las siete de la mañana, y aún no ha llegado a Kiribati. Amsterdam, Hong Kong y Fiji son los aeropuertos en los que ha ido haciendo escala, y ahora mismo espero que ya esté a punto de llegar, ya que tiene prevista su entrada en su país el tres de mayo, o sea, en esta madrugada. He querido esperar a que estuviese más cerca para publicar este pequeño homenaje, y dejaros aquí todo el amor y el cariño que he recibido con su visita, y la vuelta de todas mis ilusiones.

Ya no se quedará mi libro encerrado en un cajón, ese libro que un día le prometí a sus padres que vería la luz, para que el mundo supiese que en Kiribati, esas cien mil almas que luchan por su supervivencia en un país que se hunde poco a poco, todavía siguen esperando que en el resto del mundo se tome conciencia de que todo lo artificial que aquí desechamos, termina flotando en sus cristalinas aguas, y que cada día es más difícil la subsistencia, la pesca, los cocos, el taro, todo va desapareciendo.

No dejemos que esto suceda, luchemos contra el plástico, la polución, y pensemos por un momento, en las maravillosas sonrisas de cien mil almas que viven al otro lado del mundo.

¡Gracias Tekakia Tomati por tu maravillosa visita! ¡Gracias Kiribati por existir!

 

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